Cómo dejar de ser un “tonto” financiero

El pasado mes de noviembre se publicó en el blog de IL3 de la Universitat de Barcelona un artículo mío sobre la inteligencia financiera y como poder ser un poco más inteligente con los números de la empresa. Hoy me gustaría compartirlo con todos vosotros.



Hace unos años (2007) tuve por primera vez contacto con la expresión “Inteligencia Financiera” a través de un libro de “Finanzas para managers”. Era consciente de la moda creciente de las “nuevas” inteligencias: emocional, cultural, social, etc. No es que esté de acuerdo con el uso del vocablo en cuestión, pero hay que reconocer que, si se usa la expresión “inteligencia” en otras facetas de un líder con éxito, ¿por qué no empezar a tratarla en las finanzas? Quizás de este modo se entienda la necesidad de perderle el miedo a la información económico-financiera que trasciende de la empresa. En definitiva, estamos hablando de gestionar los recursos de la empresa, y de hacerlo de manera inteligente. ¡Esto nos interesa a todos!

La inteligencia financiera se refiere a la capacidad de las personas a desenvolverse con la información que proporcionan las empresas en sus estados financieros y a comprenderla sin mayores problemas. Es evidente pues, que a un director financiero se le supone “inteligente” financieramente. Pero, ¿qué ocurre con los responsables del resto de departamentos, o incluso, con el responsable máximo de la organización? ¿Tienen qué ser “inteligentes”? Me atrevería a apuntar que existen conceptos que todos necesitamos entender: rentabilidad, margen, liquidez, flujo de caja, endeudamiento, y un sin fin de palabras que, convierten a su conocedor en una persona financieramente inteligente.

¿Por qué tengo que ser inteligente? No nos engañemos, a pesar de las críticas de los modelos “por objetivos”, estos siguen funcionando en la vida real y son la mayoría de las empresas las que los utilizan. Son objetivos que se basan en unos indicadores que dependen de la información de la cuenta de pérdidas y ganancias. ¿Cómo puedo cumplir con un objetivo supeditado a un margen de contribución, un EBITDA o un resultado de explotación, si no entiendo su significado? Si tengo que incrementar el indicador bajo el que voy a ser evaluado, tengo que identificar las variables que intervienen y de qué modo lo hacen. También puedo esperar a que el director financiero me diga que es lo que tengo que hacer, pero en este caso, seguro que el director general, acto seguido, también le trasladará parte de mi compensación económica por haber realizado mi trabajo, y eso si que no me gustará.

Es más, conociendo la información de la que dependen mis indicadores, podré incluso analizar si el indicador propuesto es el mejor para controlar mi área o, por el contrario, apenas aporta interés. Quién realmente debería proponer indicadores que valoren la gestión de una actividad, es el propio encargado de realizar dicha actividad. Eso sí, tienen que ser consecuentes con la misión y visión de la empresa, no podemos trazar sendas paralelas, y pretender que conduzcan a un fin común.

Seguro que si está leyendo esto y, a la vez, se le aparecen imágenes de la última reunión del comité directivo, con algunas lagunas en blanco, entenderá el porqué de la necesidad de dejar de ser un “tonto” financiero, y digo tonto con todos mis respetos, como antónimo de inteligente. Pero me comprenderán si pienso que, alguien que permite que exista ese vacío en la toma de decisiones, merece el calificativo de “tonto” financiero.