Inteligencia financiera... ¿Una nueva moda?

(Un extracto de este artículo fue publicado en la revita Leadership de CLADEA, nº Junio 2009)

Hace poco tuve por primera vez contacto con la expresión “Inteligencia Financiera”. Era consciente de la moda creciente de las “nuevas” inteligencias: inteligencia emocional, inteligencia cultural, inteligencia social y calidad de vida, etc. No es que esté de acuerdo con el uso del vocablo en cuestión, pero hay que reconocer que, si se usa la expresión “inteligencia” en otras facetas de la persona con éxito, ¿por qué no empezar a tratarla en las finanzas? Quizás de este modo se entienda la necesidad de perderle el miedo a la información financiera y contable que trasciende de la empresa. En definitiva, estamos hablando de gestionar los recursos económico-financieros de la empresa, y de hacerlo de manera inteligente. ¡Esto nos interesa a todos!

La inteligencia financiera se refiere a la capacidad de las personas a desenvolverse con la información que proporcionan las empresas en sus estados financieros y a comprenderla sin mayores problemas. Es evidente pues, que a un director financiero se le supone “inteligente” financieramente. Pero, ¿qué ocurre con los responsables del resto de departamentos, o incluso, con el responsable máximo de la organización? ¿Tienen que ser “inteligentes”? El refranero español, por si mismo sorprendentemente inteligente como sabiduría popular, dice: “el saber no ocupa lugar”. Yo añadiría, pero si quita tiempo, y “el tiempo es oro”. Por lo que sólo aprenderé aquello que me aporte algo.

En plena efervescencia de la primera gran crisis del siglo XXI, el conocimiento es un intangible muy valorado. ¿Por qué como director general me tengo que conformar con tener directores departamentales que únicamente conozcan su área, si puedo tener ejecutivos bien formados que dominen, además de su actividad, las nociones indispensables del resto áreas de gestión? Un buen directivo no sólo dominará su área de conocimiento. Un buen directivo, más allá de su experiencia profesional en un campo determinado, tiene la obligación de entender cuáles son las funciones de los otros departamentos. De entre todos los departamentos, quizás el que históricamente ha dado más problemas ha sido el contable-financiero. Y el problema no era otro que el lenguaje utilizado para comunicarse con sus compañeros en la empresa, en muchos casos, personas profanas a los términos económicos que llenaban informes, balances y cuentas de pérdidas y ganancias.

El proceso de comunicación, sólo funciona cuando emisor y receptor tienen la intención de entenderse. El canal utilizado para transmitir el mensaje es esencial, y el idioma utilizado tiene que ser conocido por ambos. Es responsabilidad de los dos agentes que el proceso concluya con éxito.

Desde el punto de vista de un financiero o contable, como persona con inteligencia financiera, si quiero que el resto de la organización también actúe con inteligencia, deberé asegurarme que la información llega a su destino y sea procesada correctamente. Mi obligación es que el mensaje se procese. Utilizaré un lenguaje claro y sin palabrería técnica, que sólo sirve a nivel interno con los compañeros de departamento.

Sin embargo, aunque utilice un lenguaje para profanos, existen conceptos que todos tienen que entender: rentabilidad, margen, liquidez, flujo de caja, endeudamiento, y un sin fin de palabras que, convierten a su conocedor en una persona financieramente inteligente.

¿Por qué tengo que ser inteligente? No nos engañemos, a pesar de las críticas de los modelos “por objetivos”, estos siguen funcionando en la vida real y son la mayoría de las empresas las que los utilizan. Son objetivos que se basan en unos indicadores que dependen de la información de la cuenta de pérdidas y ganancias. ¿Cómo puedo cumplir con un objetivo supeditado a un margen de contribución, un EBITDA o un resultado de explotación, si no entiendo su significado? Si tengo que incrementar el indicador bajo el cuál voy a ser evaluado, tengo que identificar que variables intervienen y de que modo lo hacen. También puedo esperar a que el director financiero me diga que es lo que tengo que hacer, pero en este caso, seguro que el director general, acto seguido, también le trasladará parte de mi compensación económica por haber realizado mi trabajo, y eso si que no me gustará.

Es más, conociendo la información de la cuál dependen mis indicadores, podré incluso analizar si el indicador propuesto es el mejor para controlar mi área o, por el contrario, apenas aporta interés. Quién realmente debería proponer indicadores que valoren la gestión de una actividad, es el propio encargado de realizar dicha actividad. Eso sí, tienen que ser consecuentes con la misión y visión de la empresa, no podemos trazar sendas paralelas, y pretender que conduzcan a un fin común.

¿Con esto quiero decir que sí o sí, todos tenemos que estudiar una carrera financiera para poder ser director de un departamento, por ejemplo, como podría ser el de recursos humanos? De ningún modo. Mi idea no es llenar el mundo de economistas, financieros o contables. Somos los que somos y es suficiente; además, sólo faltaría que hubiese mayor competencia para agravar los problemas de empleo que existen en la actualidad. No pretendo quedarme sin trabajo. Mi intención es mejorar la eficiencia de la toma de decisiones, y con ello optimizar los resultados.

Seguro que si está leyendo esto y, a la vez, se le aparecen imágenes de la última reunión del comité directivo, de la cuál, existen algunas lagunas en blanco que, por más atención que prestaba no digería, entenderá el porqué de la necesidad de dejar de ser un “tonto” financiero, y digo tonto con todos mis respetos, como antónimo de inteligente. Pero me comprenderán si pienso que, alguien que permite que exista ese vacío a la hora de tomar decisiones, no merece otro tipo de calificativo.

Por último, estaría bien señalar que el nivel de matemáticas necesario para empezar a ser un poco más inteligente es básico. Recuerde que se trata más de entender conceptos que de calcular cifras. Los valores ya están calculados. Se supone que usted es un ejecutivo y tiene como tarea la gestión de la compañía. Tampoco se trata de quitarle el puesto de trabajo al personal que desarrolla tareas más operativas.

Con el simple hecho de leer estas líneas ya ha dado el primer paso. A continuación tendrá el compromiso de adquirir cada vez mayores habilidades financieras para poder desarrollar mejor su cargo. Mi experiencia en el mundo de la docencia en escuelas de negocio, me permite decir que, todos podemos mejorar en este terreno, y que dicha mejora nos llevará a una mayor autoestima profesional y a ser un mejor directivo. El directivo, siendo un poco más inteligente se siente más cómodo y más seguro en el día a día. La mejora parte por una buena formación que refuerce las habilidades financieras del participante.

El objetivo final será conseguir esa mayor eficiencia en la toma de decisiones por todos los agentes que intervienen dentro de una empresa.

El mundo de las finanzas puede ser fascinante una vez se empieza a conocer, y las oportunidades que le ofrece a un directivo son de un crecimiento personal y, de refuerzo en su posición como capital humano en el mercado tan exigente que tenemos hoy en día. En definitiva: ¿quién no quiere ser un poco más inteligente?

14 de septiembre de 2009